Está grabado en tu memoria. ¿O no?


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Durante cualquier proceso de aprendizaje, nuestra mente va guardando todo tipo de información: conocimientos, hechos, vivencias, experiencias, modos de hacer las cosas… Todos ellos quedan almacenados en su interior bajo la etiqueta de “RECUERDOS”, pero ¿de qué forma?1

Sería un error pensar que la mente se dedica a acumular datos y más datos, encajándolos arbitrariamente unos sobre otros hasta llenar todo el espacio disponible; puesto que, ¿tendría algún sentido coleccionar diversas informaciones si más tarde no pudiéramos acceder a ellas para darles uso?

Endel Tulving demostró que memorizar y recordar son dos procesos distintos pero conectados: memorizar es introducir información en la memoria, y recordar, recuperarla más tarde. Además, se percató de que solo es posible recuperar los recuerdos almacenados cuando la mente previamente los ha organizado y guardado sistemáticamente, por lo que hizo mención a los tres tipos de almacén que poseemos:

  • Memoria semántica: Registra conocimientos y hechos.
  • Memoria episódica: Registra acontecimientos, vivencias y experiencias.
  • Memoria procedimental: Registra los métodos que hay que seguir para realizar una determinada acción o para hallar la solución correcta a un problema.

Sin embargo, a pesar de que este modo de organización funciona correcta y ordenadamente cuando incorporamos una nueva información, no siempre nos resulta sencillo recuperarla más tarde. Hay veces que necesitamos alguna pista que nos ayude a recordar, y aun así, siempre habrá ciertas cosas que recordemos con mayor facilidad que otras. ¿Por qué ocurre esto? ¿Qué influye en que el recuerdo sea mejor?

  • Tiempo dedicado a aprender esa información y el significado de la misma.

Ebbinghaus llegó a la conclusión de que el recuerdo de algo será mejor cuanto más tiempo hayamos empleado en aprenderlo y demostró también que el hecho de que ese algo tenga un significado, favorecerá su recuperación en comparación con listas aleatorias de palabras o números, de las cuales recordaremos el comienzo y el final con mayor precisión que la parte media.

  • Interrupciones durante el proceso.

Zeigarnik, a través de un experimento, concluyó que recordamos más las tareas no finalizadas que aquellas que se dan por terminadas. Cuando se interrumpe la actividad que estamos haciendo, nuestra mente se fija más en ella y recuerda con mayor detalle que si está concluida y no requiere ya nuestra atención.

  • Recordar cuándo y dónde.

Tulving declaró que es más fácil recuperar una información si somos capaces de recordar dónde y cuándo la aprendimos porque se asocian como pistas mnemónicas (de memoria) que nos conducen directamente a la información buscada.

  • El estado de ánimo.

Otra idea desarrollada por Bower está apoyada en que los acontecimientos y las emociones se guardan juntos en la memoria. Es por ello que cuando estamos felices somos más propensos a recordar lo que ocurrió cuando estábamos contentos, mientras que cuando nos sentimos tristes, nos vienen a la memoria acontecimientos que tuvieron lugar cuando estábamos de mal humor.

  • Recuerdos en flash.

Brown define este tipo de recuerdos como aquellos que se generan cuando tiene lugar un acontecimiento de contenido altamente emocional. Debido a su impacto, llegamos a recordar casi a la perfección lo que estábamos haciendo cuando sucedió.

  • Dependencia del contexto.

Baddeley experimentó con un grupo de buceadores a los que pidió que memorizase una lista de palabras, algunas bajo el agua y otras fuera de ella. Cuando llegó el momento de recordarlas, recitaron mejor las palabras aprendidas bajo el agua si estaban buceando y las otras, si lo hacían en tierra. La memoria es, por tanto, dependiente del contexto en el que se almacena el recuerdo.

Pero lo más importante, ¿podemos fiarnos entonces de nuestra memoria? El psicólogo D. Schacter descubrió siete formas en las que la memoria puede traicionarnos:

  1. El paso del tiempo.

Muchos recuerdos antiguos van desvaneciéndose e incluso borrándose de nuestra memoria.

  1. La distracción.

No recordamos bien algunos detalles porque en el momento de almacenarlos estábamos concentrados en otra cosa. Por ejemplo: “¿Dónde he guardado las llaves?”

  1. El bloqueo.

Sabemos que lo sabemos pero no podemos recordarlo. Normalmente esto ocurre porque hay otro recuerdo interfiriendo en la recuperación del primero. Efecto de “en la punta de la lengua”.

  1. Los sesgos.

Aparecen cuando las opiniones, los pensamientos y las emociones que tenemos en el momento de recordar, al no coincidir con aquellos que teníamos cuando almacenamos la información, alteran y modifican esos recuerdos.

  1. El error de atribución.

Recordamos perfectamente la información pero creemos que procede de una fuente que en verdad es errónea.

  1. La sugestión.

Los recuerdos se ven influenciados por cómo se recuperan; ciertas preguntas y maneras de evocarlos pueden conducir a la creación de recuerdos falsos o inexactos.

  1. La persistencia.

Hay recuerdos que son imposibles de olvidar, que aparecen con frecuencia y a lo largo del tiempo.

Como hemos visto, la memoria no siempre nos asegura poder recuperar con alta fiabilidad ni total fidelidad los recuerdos almacenados en nuestras mentes, ya que podemos incluso llegar a estar convencidos de hechos que en realidad nunca sucedieron. ¿Significa esto que la memoria no cumple correctamente con su función? Por supuesto que no, muchos de los que a simple vista pueden parecer fallos, favorecen también otros aspectos adaptativos para nuestra especie.

Así pues, quizás la única reflexión que nos queda plantear es: ¿podemos hablar entonces y sin excepción de lo que suponemos que es “la verdad”?, ¿o será más inteligente referirnos preferiblemente a lo que “creemos” recordar?

Referencias bibliográficas:

WEEKS, MARCUS (2014). “Psicología para mentes inquietas”. Dorling Kindersley (DK).

Escrito por alba.mejia