Cuando los hijos llegan a la adolescencia


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La adolescencia se caracteriza por la aparición de numerosos cambios físicos, psicológicos y sociales. En esta etapa se construye la identidad, cambian los gustos, la manera de comportarse e incluso la apariencia. El adolescente está experimentando y fantaseando sobre su imagen como futuro adulto. Lo natural es que cuestione las decisiones de sus progenitores, pida explicaciones o manifieste una necesidad de privacidad que antes no existía.

Para los padres es difícil ver cómo cambian sus hijos. Dejan de ser unos niños que obedecen y les adoran. Es ahora cuando los padres empiezan a preocuparse por lo que les pueda pasar fuera de casa, por su futuro, por los amigos con los que salen y miles de otros peligros que puedan encontrarse.

Algunos sienten que la situación les supera, no saben qué hacer para mejorar la relación con sus hijos y llegan a la conclusión de que nada se puede hacer ya. Otros sienten que sus hijos no van a alcanzar por sí solos las exigencias de la edad adulta. Tratan de adelantarse y protegerles de cualquier daño.

La adolescencia, como cualquier otro cambio, implica adaptación. Es necesario aprender a acompañar a los adolescentes en su proceso de maduración, siendo su apoyo, manteniendo el afecto pero también permitiendo la autonomía que reclaman.

Algunas claves

Conocer y aceptar

Tener en cuenta las características de esta etapa ayuda a restar importancia a ciertos comportamientos que puedan no ser agradables. Los hijos pueden empezar a mostrarse menos cariñoso, más reservados, con cambios de humor. El principal reto como padres es aceptar esos cambios, ofrecer información, cuidados y estabilidad.

Hablar

Hablar con los hijos de cualquier tema que pueda aparecer en su vida cotidiana ayuda a que puedan aprender a afrontarlo sabiendo que sus padres les podrán ayudar si lo necesitan.

Para que la comunicación no resulte difícil, es fundamental crear un ambiente donde todos puedan sentirse escuchados y respetados. Si se ofrece un buen modelo de comunicación es relativamente fácil hablar de temas que nos preocupan. Se puede hablar con él o ella sobre prácticas que pueden ser dañinas como fumar, tomar drogas u otro tipo de situaciones que puedan ser peligrosas.

Tampoco debemos olvidarnos de proporcionarle información afectivo–sexual aunque en un primer momento nos pueda resultar un tema incómodo o difícil. Si es así y nos resulta complicado, no dude en recurrir a profesionales que podrán ayudarle a hacerlo.

Discutiendo distintos temas con los adolescentes también les enseñamos a ser asertivos, a defender sus derechos y sus ideas con respeto hacia los demás. No solo conseguimos que mantengan unas relaciones respetuosas con los demás, sino que también les protegemos frente a posibles abusos y manipulaciones. Un adolescente asertivo participa activamente en los espacios a los que pertenece: pregunta en clase si no ha entendido algo, defiende sus ideas ante la presión social del grupo, puede ser amable y generoso, sin tener que agradar siempre a los demás.

Poner límites

Todos tenemos cierta resistencia hacia las normas impuestas, aquellas que se deciden sin tener en cuenta nuestra opinión. Cuando participamos activamente en una decisión o en una norma que nos afecta nos sentimos más motivados a cumplirla. Los adultos debemos guiar este proceso y tratar de llegar a acuerdos junto con los hijos y que sean justos para todos.

El hecho de dialogar con los hijos sobre los límites que se establecen y los pros y contras de los temas que nos preocupan es más efectivo que prohibir. El adolescente que comprende el por qué de una norma, adquiere herramientas de autoprotección y está mejor capacitado para decidir por sí mismo en otras situaciones en las que los padres no están para controlarles.

Manejar los conflictos

Como en cualquier relación interpersonal es inevitable que surjan los conflictos entre padres e hijos. Si se afrontan de una manera adecuada, pueden ser una gran oportunidad para conocer distintos puntos de vista, saber cómo se siente la otra persona y aprender a resolverlos sin agresividad.

Las pautas básicas para manejar un conflicto son:

- La escucha activa: consiste en entender lo que la otra persona quiere decirnos aunque no compartamos su punto de vista. Nos permite desmontar nuestros prejuicios, conocer mejor la otra perspectiva y sobre todo, facilita el acuerdo.

- La empatía: consiste en comprender lo que puede estar sintiendo la otra persona y saber expresarlo.

- La negociación: implica acordar una salida al problema que sea positiva para todos, cediendo en algunas cosas y asumiendo compromisos.

Si surge un conflicto es fundamental NO emplear actitudes agresivas como insultos, reproches, chantajes o amenazas. Solo conseguimos extremar unas posturas ya enfrentadas y crear un clima dañino para la convivencia.

Si se tienen en cuenta estas claves, conseguimos que los jóvenes aprendan a defender sus derechos y sus ideas respetando a los demás. Si actuan así, conseguirán sentirse más satisfechos, seguros de sí mismos y podrán desarrollar una  autoestima sana.

Este texto no abarca todas las dificultades que pueden surgir dentro de la relación entre padres e hijos. Si tienen cualquier duda o comentario pueden ponerse en contacto con nosotros.

Escrito por mateusz.k